El Decamerón

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—Guidotto de Cremona fue mi compañero y amigo y, a punto de morir, me dijo que cuando esta ciudad fue tomada por el emperador Federico, entrando la tropa a saco por doquier, él llegó con sus compañeros a una casa que, aunque abundosa en prendas, había sido abandonada por sus habitantes. No había allí sino esta mocita, que podría tener unos dos años, y que al verle subir la escalera le llamó padre. Por lo cual, movido a compasión, se la llevó a Fano con todas las cosas de la casa y, cuando murió, me la dejó a mí, con cuanto tenía, diciéndome que al ser de edad competente la casara y le diese en dote lo suyo. Y, al tornarse de edad de casar, no ha ocurrido que haya quien para ser su esposo me agrade antes de que un caso como el de ayer me ocurriera.

Había entre los otros un tal Guillermino de Medicina, que había estado con Guidotto en aquel hecho y sabía muy bien la casa que Guidotto había saqueado. Y al ver allí a un ciudadano, acercóse a él y le dijo:

—¿Oyes, Bernardino, lo que Jacobino dice?

—Sí oigo; y mucho me da que pensar, porque recuerdo que en esas peripecias perdí una hija de la edad que Jacobino dice.

A lo que Guillermo dijo:


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