El Decamerón

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A la mañana, los parientes de ambas partes, enterados de la verdad del lance, y entendiendo el mal que a los jóvenes se les podía seguir, quisieron que Jacobino hiciera lo que pudiese dentro de la razón, y acudieron a él y con dulces palabras le pidieron que no reparase tanto en la ofensa de los jóvenes, sino más bien en el amor y benevolencia que hacia ellos pensaban que tenía, ofreciéndose además ellos mismos y los mancebos que el mal habían causado, para enmendarlo como a él le pluguiere. Jacobino, que en sus tiempos había visto muchas cosas y era de buenos sentimientos, repuso con brevedad:

—Señores, aun si yo estuviese en mi patria como estoy en la vuestra, os tengo por tan amigos, que no haría sino lo que os pareciere; y tanto más me debo plegar a vuestros deseos cuando a vosotros mismos habéis ofendido, porque, contra lo que muchos estiman, esta joven no es de Cremona ni de Pavía, sino faentina, y ni yo ni aquel que me la confió supimos nunca de quién fue hija. Por lo que, respecto a lo que me pedís, se hará lo que digáis.

Oyendo las gentes que era la muchacha de Faenza, se maravillaron mucho y, dando gracias a Jacobino por su liberal respuesta, le rogaron que les dijese cómo había llegado la joven a su poder y cómo sabía que era faentina. A lo que Jacobino dijo:


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