El Decamerón

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Y así, ninguno conseguía alejar al otro. Mas Crivello, sabiendo que llegaba la hora convenida con Giannole, se dijo: «¿Qué me importa ésta a mí? Si no se está quieta, llevará lo suyo». E hizo la señal y salió a abrir, y entró prestamente Giannole con dos compañeros y, encontrando en la sala a la joven, se dispuso a llevársela. Resistió la joven y gritó, y la criada hizo lo mismo. Lo que, oído de Minghino y sus compañeros, corrieron hacia allá, y al ver que sacaban ya a la joven, tiraron de las espadas y clamaron:

—¡Ah, traidores! ¡Muertos sois! No irá la cosa como creéis. ¿Qué violencia es ésta, canallas?

Y, así diciendo, principiáronse todos a herir. Además, los vecinos, saliendo al alboroto con luces y armas, empezaron a censurar lo ocurrido y a favorecer a Minghino. Con lo cual, tras larga refriega, Minghino quitó la joven a Giannole y la llevó a casa de Jacobino. Apenas hubo acabado la pendencia, llegaron los ministriles del capitán de la sierra, y prendieron a muchos, y entre otros a Minghino, Giannole y Crivello, a los que condujeron a la cárcel Pero, tranquilizados los ánimos y habiendo regresado Jacobino, entró en mucho enojo de aquel accidente, y averiguó cómo había ocurrido, y encontrando que no tenía la muchacha culpa alguna, resolvió, para que el caso no se repitiese, casarla cuanto antes.


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