El Decamerón

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Y, casi con lágrimas en los ojos, le reveló quién era, y lo que de ella había oído y dónde, y cómo de ella se había enamorado, y por qué se había acomodado como servidor de su marido, y luego, humildemente, le imploró que, si podía ser, tuviese piedad de él y le satisfaciera en aquél su secreto y ferviente deseo. Y añadió que, si eso ella no quería, al menos le permitiera amarla y le dejase estar en la condición que estaba. ¡Oh, singular dulzura de la sangre boloñesa, y cuánto eres de elogiar en semejantes casos! Nunca a lágrimas ni a suspiros fuiste insensible, y continuamente a súplicas encarecidas y a deseos amorosos te plegaste. Si yo fuese digna de loarte, nunca saciada de ello se vería mi voz. La dama, mientras hablaba Anichino, le miraba, y dando plena fe de sus palabras, con tal fuerza, a través de sus súplicas, recibió su amor en su ánimo, que también ella empezó a suspirar, y tras algunos suspiros repuso:








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