El Decamerón

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—Mi dulce Anichino, cálmate, que ni dones, ni promesas, ni requerimientos de hidalgos, y de señores, y de otros, que me han galanteado y aún me galantean, nunca pudieron mover mi ánimo a que los amase, pero en tan poco espacio como han durado tus palabras, tú has logrado hacerme más tuya que soy mía. Creo que excelentemente has ganado mi amor, y así te lo doy y te prometo que te haré gozar de él antes de que esta noche concluya. Y para que ello tenga efecto, haré que a medianoche vengas a mi estancia. Ya sabes en qué parte del lecho me acuesto. Ven, y si duermo, tócame hasta que me desvele y yo te consolaré de tan largo deseo como has tenido; y para que lo creas quiero darte un beso en arras.

Y, echándole los brazos al cuello, amorosamente le besó, y Anichino a ella. Y, estas cosas habladas, Anichino dejó a la mujer y fue a ejecutar algunos de sus menesteres, y con la mayor alegría imaginable esperó que llegara la noche. Volvió Egano de la cetrería y después de cenar, como estaba cansado, fue a dormir, y su esposa también, y según prometió, dejó abierta la puerta de la estancia, y a la hora convenida entró Anichino y, pasando quedamente, cerró la puerta y se acercó al borde donde la mujer dormía y, poniéndole la mano en el pecho, la halló despierta.

Sintiendo ella llegar a Anichino, le cogió una mano entre las suyas y, volviéndose a Egano que dormía, se agitó de tal manera que le despertó, y le dijo:


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