El Decamerón
El Decamerón —No quise anoche decirte nada porque me parecÃas cansado, pero dime la verdad, Egano, asà Dios te salve: ¿a quién tienes por mejor servidor y más leal, y a quién amas más de todos los de la casa?
—¿Qué me preguntas, mujer? ¿No lo sabes? No tengo ni he tenido ninguno en quien tanto haya confiado ni ame como a Anichino, mas ¿por qué me lo preguntas?
Anichino, al oÃr esto a Egano y viendo que trataban de él, varias veces quiso desprender su mano de las de la mujer, por temor a que le engañase, pero ella le sujetaba de tal modo que no le fue posible apartarse. La mujer, respondiendo a Egano, dijo:
—Te lo diré. CreÃa yo que fuese como tú dices y que más lealtad que ninguno te dedicase, pero me he desengañado de ello, porque hoy, cuando marchaste a la cetrerÃa quedóse aquà y cuando le pareció no se avergonzó de pedirme que yo me amoldase a sus gustos, y yo, aunque esto no necesitarÃa demostrarte con demasiadas pruebas, para hacértelo ver y tocar, respondà que me placÃa y que esta noche, pasada la media, irÃa a nuestro jardÃn y le esperarÃa al pie de un pino. Yo no pienso ir, pero si tú quieres conocer la fidelidad de tu servidor, puedes ponerte uno de mis vestidos y un velo a la cabeza, e ir a esperar si va, que estoy cierta de que sÃ. Egano, al oÃr tal, dijo:
—En verdad que lo veré.