El Decamerón

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Y se levantó en la oscuridad lo mejor que pudo y se puso un vestido de su mujer y un velo a la cabeza, y fue al jardín y al pie de un pino empezó a esperar a Anichino. Cuando ella le sintió salir levantóse y cerró la puerta por dentro. Anichino, que había tenido más miedo que nunca y se había esforzado en soltar la mano de la mujer, maldiciendo cien mil veces su amor y a ella, y a sí mismo que en ella había confiado, advirtiendo lo que al fin había hecho, sintióse más contento que hombre alguno. Y volvióse la mujer en el lecho, y él se desvistió y juntos gozaron y se alegraron una buena pieza. No pareciéndole luego a la mujer que Anichino debiera seguir más tiempo, le hizo levantarse y vestirse y le dijo:

—Dulce afecto mío, coge un buen garrote y vete al jardín y, fingiendo haberme galanteado para probarme, como si Egano fuese yo, espétale algunas injurias y después recórrele las costillas con el palo.

Levantóse Anichino y salió al jardín con un buen leño en la mano, y al aproximarse al pino, Egano se le acercó fingiendo con regocijo ir a acogerle, mas Anichino dijo:

—¡Ah, mala hembra! ¿Conque has venido y crees que he querido ni quiero hacer a mi señor tamaña felonía? En mala hora viniste y mil veces maldita seas.


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