El Decamerón

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Y alzando el garrote, comenzó a menearlo. Egano, que aquello oyó y vio el palo, nada dijo, sino que quiso huir. Anichino le perseguía, siempre diciendo:

—¡Vete y mal año te dé Dios, culpable mujer, que mañana he de contar a Egano esto!

Egano, tras recibir varios trancazos de los buenos, lo más presto que pudo se tornó a su estancia, y la mujer le preguntó si había ido Anichino al jardín. Egano dijo:

—Más valiera que no hubiera ido, porque, tomándome por ti, me ha deshecho el cuerpo con un garrote y me ha dicho mil injurias, tales como nunca se dijeron ni a la peor mujer. Y por cierto que ya me pasmaba que él, con ánimo de afrentarme, te hubiese dicho aquellas palabras, sino que, como té ve tan donosa y risueña, te quiso probar.

—Entonces —dijo la dama— loado sea Dios que le ha hecho probarme a mí con palabras y a ti con hechos, porque me parece que con más paciencia he soportado yo las palabras que tú los hechos. Mas, pues tan fiel te es, convendrá honrarle y estimarle.

—No hablas sino la verdad —reconoció Egano.


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