El Decamerón

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Y así, por el indecible calor, por las moscas y tábanos, y por el hambre y sobre todo por la sed, y por mil dolorosos pensamientos acometida y angustiada y hostigada, se puso en pie y se dio a mirar si cerca había alguna persona a quien llamar y pedir auxilio. Pero también de esto la privó su enemiga fortuna. Todos los labradores habían abandonado sus campos a causa del calor y ninguno aquel día había ido a trabajar, y al lado de sus casas sus cosechas batían. No oía la mujer más que el son de las cigarras, no veía más que el Arno, el cual, dándole deseo de su agua, no menguaba, sino que acrecía su sed. Veía también bosques, sombras y casas, que deseaba también con angustia. ¿Qué más diremos de la desventurada? El sol encima, y el hervor de la azotea debajo, y las picaduras de moscas y tábanos por doquiera de tal modo la acribillaban, que ella, que la noche anterior vencía con su blancura las tinieblas, habíase vuelto roja como un pimiento y estaba toda manchada de sangre, con lo que quien la viese la habría juzgado la criatura más fea del mundo. Y así, sin consejo ni esperanza algunos, esperando la muerte más que otra cosa, ocurrió que, pasada la media de nona, el estudiante levantóse de dormir y, acordándose de la mujer, para ver lo que era de ella se fue a la torre y a su criado, aún en ayunas, le envió a yantar. Oyóle la mujer y, débil y acongojada por su gran desgracia, se sentó junto al bordillo y comenzó a decir, llorando:


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