El Decamerón
El Decamerón —Raniero, ya desmedidamente te has vengado; que si yo en mi patio te hice helarte una noche, tú, de dÃa sobre esta torre, me has hecho asar sin arder y, además, de hambre y sed morir, por lo cual por Dios te pido que subas y, como yo no tendré valor para darme la muerte, dámela tú, que ya no deseo otra cosa, tal es el tormento que siento. Mas si esta gracia no me quieres hacer, envÃame al menos un vaso de agua, para poder enjuagarme la boca, para lo que no bastan mis lágrimas, por el ardor y sequedad que tengo dentro.
Bien conoció el estudiante la debilidad de la mujer por su voz y vio en parte su cuerpo tostado del sol, por lo cual y por tan humildes ruegos sintió alguna compasión, no obstante lo cual repuso:
—Malvada mujer, no morirás a mis manos, sino por las tuyas si quieres, y tanta agua tendrás para aliviar tu calor como fuego recibà de ti para aliviar mi frÃo. Y mientras la enfermedad de mi frÃo con hediondo estiércol se hubo de curar, me duele que la de tu calor se curará con el frescor de odorÃfera agua de rosas, y mientras yo estuve para quedarme sin tendones ni persona, tú, por este calor despellejada, volverás a estar bella como la sierpe cuando cambia la piel.