El Decamerón
El Decamerón —¡Oh, mÃsera de mÃ! —dijo la mujer—. Esas bellezas de tal guisa adquiridas délas Dios a quienes mal me quieran. Pero tú, más cruel que fiera alguna, ¿cómo has podido sufrir el deshacerme de esta manera? ¿Qué más podÃa yo esperar de ti ni de nadie si a toda tu parentela entre cruelÃsimas torturas hubiese matado? No sé qué mayor crueldad se hubiera podido usar con un felón que hubiese exterminado a toda una ciudad, que esta villanÃa que me has hecho de abrasarme al sol y darme de pasto a las moscas. Sobre lo cual, ni un vaso de agua quieres darme, cuando a homicidas con razón condenados a muerte, muchas veces, yendo al suplicio, se les da vino. Mas, pues te veo firme en tu acerba crueldad, sin que mi sufrimiento en nada te conmueva, con paciencia me dispondré a recibir la muerte, y Dios tenga misericordia de mi alma y a Él ruego fervientemente que con justos ojos esta obra tuya contemple.
Y dichas estas palabras, con gran trabajo se fue hacia el centro de la azotea, desesperando de librarse de tan ardiente calor, y no una vez, sino mil, creyó, amén de sus dolores, perecer de sed; y no dejaba de llorar y dolerse de su desventura. Pero, llegando ya la tarde y pareciéndole al estudiante haber hecho suficiente, hizo tomar las ropas de la mujer, envolviéndolas en la capa de su criado, y fue a casa de la dama, donde desconsolada, triste y desconcertada encontró a la sirvienta sentada a la puerta, y le dijo: