El Decamerón

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—Alzaos pronto, señora, que hemos hallado que Isabel tiene un joven en su celda.

Estaba aquella noche la abadesa acompañada de un cura al que muchas veces hacía llegar encerrado en un arca; y ella, temerosa de que las monjas, en su premura, tanto empujasen la puerta que la abriesen, se levantó atolondradamente y, como mejor supo, se vistió en la oscuridad y, creyéndose poner esos velos que llevan las monjas a la cabeza y llaman el salterio, asió las bragas del sacerdote y, sin darse cuenta, en su mucha prisa, se las puso en lugar de los velos y salió y prestamente cerró la puerta a sus espaldas, diciendo:

—¿Dónde está esa maldita de Dios?

Y con las demás, tan ahincadas en jugar un mal tercio a Isabel que no repararon en lo que la abadesa llevaba a la cabeza, llegó a la puerta de la joven y, con ayuda de las demás, la derribó y, entrando, hallaron abrazados a los dos amantes, los cuales, con tan súbitos acaecimientos, sin saber qué hacer, permanecieron quedos. En el acto, la joven, por orden de la abadesa, fue apresada por las demás monjas y llevada al capítulo. El joven quedóse y se vistió y esperó a ver en qué paraba la cosa, con intención de jugar una mala pasada a todas si querían causar algún mal a su dama, y dispuesto a llevársela consigo.


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