El Decamerón
El Decamerón La abadesa, sentándose a capÃtulo, en presencia de todas las monjas, que sólo a la culpable miraban, comenzó a decir a ésta las mayores injurias que nunca se hayan dicho a una mujer, reprochándose el macular con odiosas y vituperables obras a la santidad, honestidad y buena fama del monasterio; y aun añadió a sus insultos gravÃsimas amenazas. La joven, vergonzosa y tÃmida, como culpable que era, no acertaba a responder, y con su silencio ponÃa compasión en las demás. Mas, multiplicando la abadesa sus pláticas, alzó al fin la muchacha el rostro y vio lo que la abadesa tenÃa en la cabeza y las cintas de las perneras del calzón y, comprendiendo lo que era, muy tranquilizada, dijo:
—Señora, asà Dios os ayude: anudaos primero la cofia y decidme después lo que os plazca.
La abadesa, sin entenderla, dijo:
—¿Qué cofia, mala mujer? ¿Aún tienes cara para chancearte? ¿Te parece que con tus actos haya lugar a burlas?
—Os ruego, señora, que os anudéis la cofia, y decidme después lo que os plazca —insistió la joven.