La Consolación de la filosofía
La Consolación de la filosofía Entonces, disipada la noche, se desvanecieron las tinieblas que me cercaban y volvieron mis ojos a su prístino vigor. No de otro modo cuando las nubes se amontonan al soplo de Coro desencadenado, cuando el cielo parece se ha detenido por la carga de lluviosa cerrazón, el sol se oculta, cerniéndose oscura noche sobre la tierra, aun cuando no haya llegado al horizonte la estrella de la tarde. Pero si Bóreas (viento del norte), saliendo de sus antros de Tracia azota con sus alas aquella tiniebla y deja en libertad al día aprisionado, brotan doquiera torrentes de luz y Febo hiere con los dardos de sus rayos los ojos que asombrados lo contemplan.
1.– Por semejante manera, ahuyentadas las nubes que me ensombrecían de tristeza, miré con avidez la luz del cielo; y recobrados mis sentidos, pude reconocer el rostro de aquella que me curaba.
2.– Así, pues, volví mis ojos para fijarme en ella, y vi que no era otra sino mi antigua nodriza, la que desde mi juventud me había recibido en su casa, la misma Filosofía.
3.– “¿Y cómo —le dije— tú, maestra de todas las virtudes, has abandonado las alturas donde moras en el cielo, para venir a esta soledad de mi destierro? ¿Acaso para ser también, como yo, perseguida por acusaciones sin fundamento?”
