La Consolación de la filosofía
La Consolación de la filosofía 8.– ”Tú, al igual que Dios, que te ha puesto en la inteligencia de los sabios, me sois testigos de que no me ha llevado a la conquista de los honores y del poder otra cosa sino la pasión de procurar el bien común de los buenos y honrados.
9.– ”De ahí mi profundo e invencible desacuerdo con los malvados; de ahí la cólera y el furor de los poderosos, a quienes siempre he mirado con desprecio, saliendo por los fueros del derecho y la justicia, como lo exigía la libertad de mi conciencia.
10.– ”¡Cuántas veces salí al paso de Conigasto18, cuando él quería despiadado apropiarse los bienes de ciudadanos desamparados! ¡En cuántas ocasiones disuadí a Trigguilla19, intendente de la Casa Real, de la injusticia que tramaba o tal vez había perpetrado! ¡Cuántas veces, quebrando las amenazas en el escudo de mi autoridad, he protegido a los desgraciados que veía envueltos en las intrincadas calumnias que urdía la avaricia, siempre impune, de los extranjeros! Nada me hizo jamás trocar la justicia por la injusticia.
11.– ”Cuando los ciudadanos de las provincias se han visto arruinados, ya por las depredaciones de sus convecinos, ya por las abrumadoras exacciones del Estado, he levantado mi voz de queja, doliéndome como si fuera otra víctima.