La Consolación de la filosofía
La Consolación de la filosofía 12.– ”Elevemos, si nos es posible, nuestro espíritu hasta las cumbres de aquella inteligencia suprema: allí verá la razón lo que en si misma no puede percibir, y comprenderá cómo aun los acontecimientos que no tienen segura su realización pueden ser objeto de la divina presciencia, verdadera y precisa, no siendo ello una conjetura sino ciencia simplicísima y absoluta.
”¡Qué variedad de formas presentan los seres que pueblan la tierra! Unos, de cuerpo alargado, se arrastran por el polvo y avanzan reptando, dejando en el suelo el surco de su huella. Otros, de alas ligeras, caprichosas, hienden el aire y en vuelos sutiles atraviesan el espacio inmenso. Otros se apoyan en el suelo, y caminando franquean verdes llanuras o penetran espesos bosques. Pero por muy variadas que sean sus formas, todos inclinan hacia adelante su cabeza, lo que embota sus pesados y torpes sentidos.
”Sólo el hombre yergue en alto su cabeza, y derecho y esbelto mira la tierra a sus pies.
”Si acaso te fascinó la tierra para hacerte perder la razón, tu misma conformación te advierte, a ti, cuya cabeza con la frente levantada se dirige al ciclo, que eleves tu espíritu a las cumbres, para que tu inteligencia no se hunda con el peso de la materia en abismos que la rebajen a nivel inferior al de tu cuerpo, al que la naturaleza le hace mirar al cielo.
