La Consolación de la filosofía
La Consolación de la filosofía 8.– ”¿Sólo a mi se me ha de prohibir ejercitar mi derecho? Al cielo le es dado producir días rebosantes de luz para después hundirlos en las tinieblas de la noche oscura; el año puede colmar de flores y frutos la superficie de la tierra o abrumarla entre hielos y nubes; el mar ya derrama en la arena la caricia de sus ondas, ya se encrespa y ruge con el fragor de la tempestad; ¿y yo habría de yerme encadenada por una suerte inmutable, impropia de mi naturaleza, sólo por satisfacer la insaciable codicia de los hombres?
9.– ”Pues he aquí lo que sé hacer, el incesante juego a que me entrego: hago girar con rapidez mi rueda, y entonces me deleita ver cómo sube lo que estaba abajo y se baja lo que estaba en alto.
10.– ”Súbete a ella, si quieres, pero a condición de que cuando la ley de mi juego lo prescriba, no consideres injusto el que te haga bajar.
11.– ”¿No conocías, acaso, cuáles eran mis costumbres? ¿No te acuerdas de Creso26, terror un día de Ciro27, y bien pronto lastimosamente entregado a las llamas, de las que le salvó una tormenta enviada por el cielo?28