La Consolación de la filosofía
La Consolación de la filosofía [Enseña la Filosofía que todos los hombres quieren naturalmente la bienaventuranza, pero su fuente no puede estar en los bienes particulares, sino en el bien universal y supremo, que es Dios.]
1.– Había ella terminado su canto, mientras yo, ávido de escucharla, permanecía estupefacto con mis oídos atentos todavía ante la dulce armonía de sus versos. Luego exclamé:
2.– “¡Oh tú, suprema consolación de los espíritus abatidos! ¡Cómo me ha reanimado el encanto de tu voz y la profunda amplitud de tus consejos!. En adelante, ya no me sentiré incapaz de resistir los golpes de la Fortuna. Así, pues, aquellos remedios que antes dijeras ser demasiado fuertes por su aspereza, lejos de serme odiosos serán para mí muy estimables: y en ‘n anhelo de escucharte te pido no me los niegues”.
3.– “Lo había adivinado —dijo— al ver que recibías mi mensaje con el más atento silencio; y ese estado de ánimo expectante en que te encuentras lo esperaba de ti, mejor dicho, yo misma te conduje a él. Lo que me resta decirte podrá serte amargo al principio; mas si de ello te penetras, experimentarás incomparable dulzura.