Arcanum ilimitado
Arcanum ilimitado Esa noche, la sangre y la luz plateada tiñeron el bosque.
Cuando amaneció, los cuerpos de los Hozamendigos yacían sin alma, sin sombra. Las criaturas se habían retirado, insatisfechas. William Ann entendió, al fin, qué hacía su madre por las noches. Y Silencio, cansada, volvió a la posada.
No dijo nada. No necesitaba hacerlo.
En Treno, hablar demasiado podía matarte.
En Taldain, el sol nunca se oculta.
En su lado diurno, el desierto resplandece sin tregua bajo una luz inmóvil. Allí, la arena misma obedece a quienes conocen los movimientos secretos del alma. Los maestros de ese arte se llaman Maestros de la Arena, y su poder no se basa en fuego ni en acero, sino en precisión y voluntad.
Kenton, hijo del Lord Mastrell, era uno de los más débiles entre los suyos. Sus habilidades eran mínimas, su control limitado. Pero su terquedad era legendaria. Y cuando todo su orden fue masacrado en una emboscada, Kenton quedó como el último portador del conocimiento.
Rodeado de enemigos, traiciones políticas y un planeta dividido entre luz eterna y noche perpetua, Kenton no se rindió. Blandió la arena como lanza, como escudo, como testimonio. Sabía que no era el más fuerte. Pero sí era el último.