Arcanum ilimitado
Arcanum ilimitado Vestía ropas simples y portaba un cuchillo de plata con más cicatrices que filo. Cazaba forajidos por recompensa, entregándolos muertos al Hombre de las Cartas. Nadie sospechaba que bajo su apariencia de anfitriona amable se escondía una justiciera silenciosa.
Pero esa noche, todo cambió.
Unos hombres entraron a su posada, vestidos de viajeros. Traían consigo mentiras, ojos sucios, violencia en los dedos. Su hija, William Ann, los atendió con cortesía, sin saber que aquellos eran los Hozamendigos, bandidos famosos por robar, saquear y dejar cadáveres tras de sí.
Silencio lo supo de inmediato. Su instinto olía la muerte.
Los siguió entre las ramas húmedas, con su hija como testigo muda y temblorosa. Se movía entre raíces y huesos, acechando como sombra entre sombras. Uno por uno, los marcó con muerte. Pero las cosas nunca salen limpias en Treno. Las emociones fuertes, el odio, la ira... atraían espectros.
Y entonces vinieron.
Primero uno, luego dos. Finalmente docenas. Las sombras antiguas, pálidas, deformadas, se abalanzaron con chillidos huecos. La plata chispeaba con cada golpe. William Ann gritaba, pero no huía. Silencio peleaba no por justicia ni venganza, sino por su hija. Por el derecho a una vida sin espinas.