Danzante del Filo
Danzante del Filo Las calles de Yeddaw eran un caos controlado, como un rompecabezas donde cada pieza estaba torcida, pero de alguna forma encajaba. Lift se deslizó entre la multitud, sintiéndose pequeña e invisible. La ciudad era más grande de lo que imaginaba, con sus altos muros y plazas llenas de comerciantes que gritaban sus ofertas. A cada paso, sentÃa las miradas desconfiadas de los guardias azishianos, sus capas ondeando al viento, y el peso de algo más: el silencio que colgaba como una nube sobre los barrios más pobres. —Esta ciudad está viva —murmuró Lift, su tono lleno de curiosidad. —Esta ciudad está podrida —corrigió Wyndle, mientras crecÃa a su lado en forma de una enredadera luminosa que desaparecÃa detrás de ellos—. ¿Sabes cuántos de estos edificios fueron construidos con engaños y sobornos? PodrÃa darte una lista. Lift ignoró a su spren. Se sentÃa inquieta, como si estuviera caminando sobre el filo de un cuchillo. No era solo Oscuridad, que podÃa aparecer en cualquier momento; era la ciudad misma, con sus secretos, con sus gentes que la miraban desde las sombras. Se detuvo frente a una plaza donde un grupo de niños corrÃa descalzo, sus risas resonando entre los muros de piedra. Una mujer vieja, con la cara surcada de arrugas, la observaba desde una esquina. Lift no le devolvió la mirada. —¿Qué estamos haciendo aquÃ? —preguntó Wyndle, su tono impaciente. —Oà rumores. Oscuridad está cazando a más gente como yo. Si está aquÃ, quiero saber por qué. —Se giró hacia una calle estrecha y oscura—. Y quiero saber quién más está corriendo. Wyndle suspiró, su voz llena de preocupación. —¿Y luego qué? ¿Te vas a enfrentar a él? —No sé. —Lift apretó los labios y siguió caminando. Llegó a una parte de la ciudad que olÃa a desesperación: casas apiladas unas sobre otras, callejones tan estrechos que apenas podÃa pasar una persona, y puertas que nunca se abrÃan del todo. AllÃ, las sombras parecÃan más largas, y cada paso resonaba como una advertencia. En uno de esos callejones, vio a un hombre encorvado sobre una pila de cajas. Su ropa estaba hecha jirones, y sus manos temblaban mientras sostenÃa un objeto envuelto en tela. Lift se acercó con cautela. —¿Qué tienes ahÃ? —preguntó, inclinándose para mirar. El hombre levantó la vista, y en sus ojos habÃa algo que Lift no esperaba: miedo. —¡Vete! —gruñó él, apretando el paquete contra su pecho—. ¡No necesito ayuda! Lift frunció el ceño. —No voy a robarte. Solo quiero saber qué tienes. El hombre dudó por un momento, pero entonces, con un movimiento brusco, desenrolló la tela. Dentro, un cristal brillante latÃa con una luz suave, como si estuviera vivo. —Es un fabrial —susurró Wyndle, con un tono de reverencia—. No cualquiera. Este puede sentir las emociones de la gente. —Es mÃo —insistió el hombre, sus dedos arañando la tela—. Pero él lo quiere. Oscuridad lo quiere. Lift se sentó junto a él, su voz más suave esta vez. —¿Por qué lo quiere? El hombre sacudió la cabeza, incapaz de responder. Sus labios temblaban, y sus ojos se llenaron de lágrimas. —Nos está eliminando, uno por uno. Dice que somos un peligro. Pero no lo soy, ¡no lo soy! Antes de que Lift pudiera responder, un ruido lejano la hizo ponerse en pie de un salto. Era un eco de pasos, demasiado organizados, demasiado calculados. —Vienen por ti, ¿verdad? —preguntó ella. El hombre asintió, su rostro pálido. Lift apretó los puños, una chispa de determinación brillando en su mirada. —No dejaré que te lleve. Se giró hacia el callejón, donde las sombras empezaban a moverse. Oscuridad estaba cerca, y no vendrÃa solo.
