Danzante del Filo
Danzante del Filo Lift corrió por las calles de Azimir, con el viento nocturno azotándole el rostro y las manos llenas de panecillos robados. Su estómago ya estaba satisfecho, pero su corazón seguía latiendo como un tambor. Oscuridad la había encontrado, y eso significaba una sola cosa: no podía detenerse. —Esto fue una terrible idea, señora —se quejó Wyndle mientras deslizaba su rastro de enredaderas tras ella—. ¿Por qué no podemos ir a algún lugar tranquilo, plantar flores, tal vez? —Flores no llenan el estómago —replicó Lift, girando en un callejón y deslizándose entre dos muros de piedra. —Ni las cosas vivas llenan el estómago de los muertos, ¡que es lo que serás si sigues provocando a Oscuridad! El nombre resonó en su mente como una advertencia. Oscuridad no era un hombre común. Era algo más, algo antiguo, implacable. Y estaba cazándola a ella y a otros como ella, personas que de alguna manera habían tocado el poder de la magia y comenzado a cambiar. En el refugio temporal que había conseguido bajo un puente, Lift se detuvo para recuperar el aliento. Podía oír el murmullo del río bajo sus pies y las risas lejanas de los borrachos en una taberna cercana. —No es mi culpa que quiera matarme, ¿sabes? —dijo, tirándose al suelo y masticando otro panecillo. —¡Señora! —Wyndle resopló—. ¿Cómo puedes comer en un momento como este? ¡Oscuridad está aquí! En esta misma ciudad. —¿Y qué quieres que haga? ¿Correr para siempre? —Lift lo miró con el ceño fruncido—. Tal vez solo me siento y dejo que me atrape. Así podrá llevarme ante su tribunal fantasma y terminar con esto de una vez. Wyndle se quedó en silencio. Cuando habló, su voz era un susurro más tenue que de costumbre. —Sabes que no es solo a ti a quien caza. Lift apartó la mirada, su mandíbula tensa. Sabía que tenía razón. Había oído los rumores al llegar a Yeddaw: personas como ella estaban desapareciendo. Nadie sabía por qué, pero todos tenían miedo. No quería pensar en ello, pero cada vez que cerraba los ojos, veía los rostros de los oprimidos en las calles, la desesperación en sus miradas. Sabía que no tenían a nadie más. De pronto, una sombra cruzó el puente y el aire se volvió pesado. Lift sintió el escalofrío antes de oír la voz. —Sigues corriendo. Oscuridad estaba allí, su figura imponente recortada contra las luces de la ciudad. Sus ojos oscuros eran pozos de juicio, y su voz resonó como un trueno contenido. —Y tú sigues siguiéndome —replicó Lift, poniéndose de pie con un movimiento fluido. Oscuridad dio un paso hacia ella, con una calma aterradora. —No tienes idea de lo que eres, niña. Pero tu tiempo se acaba. —Oh, sí, lo sé. Soy la mejor ladrona de panecillos del maldito mundo. —Sonrió, pero su corazón latía con fuerza. Antes de que pudiera moverse, Oscuridad levantó una mano y algo invisible la golpeó en el pecho, lanzándola contra la pared. Lift jadeó, sintiendo el frío del metal en su piel. —El mundo no necesita a personas como tú —dijo él con voz plana. Por un momento, el miedo la atrapó. Pero entonces, desde el borde de su visión, un hilo de luz se extendió hacia ella. Era Wyndle, su spren, su ancla en este mundo. —¡Levántate, señora! —gritó él, y Lift sintió un calor creciente en su interior. Con un salto ágil, escapó de su posición y corrió hacia la oscuridad del río, dejando atrás las palabras de Oscuridad: —No puedes huir de tu destino, Lift.
