El aliento de los dioses
El aliento de los dioses Pero el destino tenÃa otros planes.
—No. No enviaré a Vivenna —dijo el rey, su voz grave y desgarrada.
La sala del trono cayó en silencio. Los consejeros se miraron entre sÃ, desconcertados.
—Majestad, el tratado… —susurró uno de los generales.
—El tratado no dice qué hija debo enviar —cortó Dedelin.
Un murmullo inquieto recorrió la sala. Todos sabÃan lo que eso significaba.
—Siri —susurró Vivenna, sintiendo cómo la sangre le helaba las venas.
Siri, la más joven. Siri, la salvaje. Siri, que nunca habÃa sido entrenada para la corte.
Siri corrÃa entre los árboles, riendo mientras los guardias la perseguÃan. Su largo cabello, indomable y plateado como la luna, se teñÃa de colores con cada emoción que la atravesaba. Se sentÃa libre, viva.
Hasta que la encontraron.
—Princesa —dijo el capitán de la guardia, su tono grave—. El rey te ha convocado.
Nunca la llamaban princesa. Ella era la hermana menor, la que no importaba, la que podÃa saltar en los rÃos y jugar en el barro sin consecuencias. Pero algo en el tono del capitán le hizo saber que esta vez era diferente.
