El aliento de los dioses
El aliento de los dioses Cuando llegó al salón del trono, todos la miraban como si ya no fuera parte de ellos.
—Siri… —susurró Vivenna, con los ojos llenos de terror—. No puedes ir.
—¿Ir a dónde? —preguntó, sintiendo que el suelo bajo sus pies comenzaba a desmoronarse.
—A Hallandren —dijo su padre, con la voz de un hombre que acababa de condenar a su hija a la muerte.
La procesión partió al amanecer. Siri iba vestida con un velo blanco, sÃmbolo de su pureza, pero sus manos temblaban sobre su regazo. El camino a Hallandren era largo y traicionero, y cada paso la alejaba de su hogar, de la vida que conocÃa.
Los colores vibrantes del reino enemigo la cegaron cuando llegó. Hallandren no era como Idris. AquÃ, las calles brillaban con tonos imposibles, los edificios relucÃan como si hubieran sido pintados con fuego lÃquido, y los dioses caminaban entre los hombres.
Y en el centro de todo, la gigantesca fortaleza del Rey-Dios.
Las puertas se abrieron de par en par. Siri sintió el peso de decenas de miradas sobre ella. La llevaban hacia su futuro, hacia el Rey-Dios, hacia una jaula de oro y sombras de la que tal vez nunca escaparÃa.
Detrás de ella, las puertas se cerraron con un eco que sonó como una sentencia.
