El aliento de los dioses
El aliento de los dioses Vivenna observó la lÃnea del horizonte hasta que la caravana desapareció. Luego, apretó los puños.
—No la dejaré allà sola —murmuró.
Ya no importaba lo que le habÃan enseñado. Su hermana no pertenecÃa a ese lugar. Y si el destino habÃa decidido enviarla a Hallandren... entonces Vivenna lo desafiarÃa.
La guerra aún no habÃa terminado.
Siri temblaba. No de frÃo, sino de incertidumbre. La fortaleza del Rey-Dios se extendÃa ante ella como un laberinto de pasillos interminables, cubiertos de tapices vibrantes que parecÃan moverse con vida propia. Todo en Hallandren rebosaba color, una burla cruel a la monotonÃa de Idris. Pero aquÃ, entre esas paredes doradas, el color también ocultaba secretos.
Los sirvientes la guiaron a una habitación lujosa, decorada con sedas que susurraban cuando las tocaba. Pero no estaba sola.
—Majestad —dijo una mujer de piel oscura, con una túnica escarlata que ondeaba con cada movimiento—. Soy Treledees, sumo sacerdote del Rey-Dios. Estoy aquà para asegurarte que tu estancia será… placentera.
Siri se enderezó, obligándose a parecer más fuerte de lo que se sentÃa.
—¿Y cuándo conoceré a mi esposo?
