El aliento de los dioses
El aliento de los dioses El sacerdote sonrió, pero habÃa algo afilado en su expresión.
—El Rey-Dios es… divino. Su presencia es un regalo que no se otorga con facilidad. Por ahora, esperarás.
Esperar. En una jaula de oro.
Mientras tanto, en las sombras de Hallandren, una figura se movÃa con sigilo. Vivenna habÃa llegado a la ciudad. Se cubrÃa con una capa sencilla para no llamar la atención, pero su porte distinguido la delataba. Se sentÃa fuera de lugar en un mundo que vibraba con magia y misterio.
Se habÃa reunido con mercenarios idrianos escondidos en la ciudad, hombres y mujeres que odiaban Hallandren tanto como ella.
—Tenemos que sacarla —susurró.
—La princesa ya no es la misma —respondió uno de los espÃas—. Se dice que ha captado la atención de los dioses. Y los dioses no sueltan sus juguetes con facilidad.
Vivenna apretó los puños. No importaba lo que costara. SacarÃa a Siri de allÃ.
Lo que no sabÃa era que alguien ya la estaba observando desde las sombras, y que su llegada a Hallandren no habÃa pasado desapercibida.
