Elantris
Elantris Elantris no era solo una ciudad caÃda; era una trampa, un limbo donde el dolor nunca se iba. Raoden lo descubrió pronto. Cada herida que sufrÃa, cada golpe contra la piedra, cada rasguño en su piel… nunca sanaba. Los elantrinos no morÃan, solo se acumulaban en un tormento sin fin.
—Si te cortas, el dolor es eterno. Si te rompes un hueso, nunca se cura —dijo Galladon, un hombre de piel oscura y cabeza calva que lo encontró vagando entre ruinas—. Aprende rápido, sule, o acabarás como ellos.
Galladon señaló una figura encogida en un rincón, murmurando sin sentido. No era el único. En cada sombra, en cada callejón, los condenados de Elantris se acurrucaban en posiciones imposibles, atrapados en un sufrimiento que nunca terminarÃa.
Raoden no podÃa aceptar eso. No iba a rendirse. A pesar de su maldición, su mente aún era suya.
—Elantris era un paraÃso, un lugar de dioses —murmuró, mirando los edificios cubiertos de hollÃn—. Algo cambió, algo la destruyó.
—Claro que cambió —bufó Galladon—. Ahora es un cementerio para los vivos.
