Elantris
Elantris Raoden quiso decirle algo, pero ella ya corría despavorida. Sintió un escalofrío helado en la espalda. Sabía lo que venía después.
No hubo juicio, ni despedida. Solo órdenes susurradas por su padre, el rey Iadon, sin mirarlo a los ojos. En cuestión de horas, lo envolvieron en una túnica blanca y lo escoltaron hasta las enormes puertas de Elantris. Un sacerdote recitó unas palabras mientras las bisagras oxidadas rechinaban y se abrían ante él.
Raoden tragó saliva y cruzó el umbral. Detrás de él, la puerta se cerró con un estruendo seco. Su vida anterior había terminado.
El hedor lo golpeó primero. El aire estaba cargado de podredumbre, una mezcla agria de suciedad y desesperación. Las calles eran ruinas cubiertas de moho y sombras, y en cada esquina, figuras encorvadas lo observaban con ojos hundidos.
—Nuevo… —susurró una voz rasposa.
Raoden se giró y vio a un grupo de elantrinos acercándose. Sus ropas eran harapos oscuros, su piel cubierta de las mismas manchas negras que ahora marcaban su propio cuerpo.
—Bienvenido al infierno, príncipe —dijo uno de ellos, esbozando una sonrisa rota.
Raoden sintió que su pecho se comprimía. Todo lo que había oído sobre Elantris era cierto. Su condena acababa de empezar.