Muchas vidas, muchos maestros
Muchas vidas, muchos maestros El instante final no es un abismo, es un umbral. No hay oscuridad absoluta ni vacío eterno. La conciencia no se extingue, se expande. Se desprende del cuerpo con suavidad, flota, observa la escena desde arriba. Mira su cuerpo inerte con serenidad. No hay dolor, solo una sensación de ligereza. La materia se queda atrás, pero la vida continúa.
Después de cada muerte, hay un tránsito. Una pausa. Un espacio fuera del tiempo donde todo se aclara. Allí, la luz aparece. Brillante, cálida, envolvente. Una presencia sin forma, pero profundamente familiar. El alma es atraída hacia ella como una chispa que regresa al fuego del que proviene. En ese trayecto, el miedo desaparece. Todo tiene sentido. La confusión se disuelve.
La muerte no es castigo ni separación. Es regreso. Es el momento en que se revela el verdadero rostro de la existencia. Se recuerda el propósito. Se ve con claridad lo que fue vivido, lo que quedó pendiente, lo que se comprendió. Se siente el impacto de cada palabra, de cada acto, de cada emoción. No hay juicio externo. Solo una comprensión profunda que nace del alma misma.
