Agnes Grey
Agnes Grey Me levanté con dificultad, cubierta de nieve como estaba, y descendà del coche, esperando que un cálido recibimiento me compensarÃa de las penalidades del dÃa. Un hombre de porte aristocrático, vestido de negro, abrió la puerta y me condujo a un espacioso vestÃbulo iluminado por una lámpara ambarina que colgaba del techo. Dejando atrás el vestÃbulo, cruzamos un pasillo, al final del cual, abriendo la puerta de una habitación interior, me mostró lo que dijo que era el cuarto de estudios. Entré y encontré a dos señoritas y a dos jóvenes caballeros que supuse que serÃan mis futuros alumnos. Tras un formal saludo de bienvenida, la mayor, que bordaba distraÃdamente sobre un bastidor y revolvÃa hilos en un cesto, me preguntó si querÃa ir a mi cuarto.
Como es natural, contesté que sÃ.
—Matilda, toma una vela y acompáñala —dijo la joven.
La señorita Matilda, una muchacha desenvuelta de unos catorce años, que vestÃa levita y pantalones, se encogió de hombros e hizo una pequeña mueca de fastidio, pero cogió una bujÃa y me precedió, por una larga y pronunciada escalera de dos tramos y un largo y angosto pasillo, hasta una habitación pequeña pero acogedora.