Agnes Grey
Agnes Grey Cerrada la puerta, una vez se hubieron retirado, y después de sacar algunas cosas de mis maletas, me dispuse por fin a descansar, rendida como estaba en cuerpo y alma.
A la mañana siguiente, me desperté con una extraña mezcla de abandono, novedad y cierta curiosidad triste por lo que aún me era desconocido. Me sentía como alguien que hubiera sido transportado por arte de magia y a quien se hubiera dejado caer de las nubes de repente en un país remoto y desconocido, total y absolutamente aislado de cuanto antes había visto o conocido; o como una semilla de abrojo, arrastrada por el viento a una tierra inhóspita, donde tendrá que yacer mucho tiempo antes de echar raíces y germinar, obligada a extraer el alimento de lo que parece tan ajeno a su naturaleza, si es que lo consigue. Pero ni siquiera esto puede dar una idea exacta de mis sentimientos, y nadie que no haya vivido una vida tan retirada y sedentaria como la mía puede siquiera imaginarlos, incluso aquel que se despierta una mañana y se encuentra en Puerto Nelson, de Nueva Zelanda, con un mundo de agua entre él y todo lo que le es familiar.
No podré olvidar fácilmente la extraña sensación con la que levanté los visillos y miré hacia aquel mundo desconocido: todo lo que vi fue un yermo enorme, la soledad de
Desiertos confundidos con la nieve