Agnes Grey
Agnes Grey No la vi hasta las once de la mañana del día siguiente a mi llegada, cuando me honró con su visita, de la misma forma en que mi madre hubiese entrado en la cocina para conocer a una nueva criada; ni siquiera eso, porque mi madre la habría recibido nada más llegar, sin esperar al día siguiente; le hubiese hablado en un tono más amable y amistoso y, además de explicarle sus obligaciones, le habría dedicado unas palabras de ánimo. Pero la señora Murray no hizo nada de eso: se limitó a entrar en el cuarto de estudios, cuando volvía de disponer la comida en la habitación del ama de llaves; me dio los buenos días, estuvo dos minutos junto al fuego, dijo algunas palabras sobre el tiempo y sobre el «viaje tan penoso» que debía haber tenido el día anterior, dio unos golpecitos cariñosos a su hijo menor —un niño de unos diez años, que se acababa de limpiar la boca y las manos en el traje, después de haber robado alguna golosina de la despensa del ama de llaves—, me dijo lo dulce y bueno que era, y se marchó con una sonrisa autocomplaciente, pensando, sin duda, que había hecho bastante por el momento y que se había mostrado extraordinariamente condescendiente. Estaba claro que sus hijos pensaban de igual manera y que yo era la única en aquella casa que pensaba de forma diferente.