Agnes Grey
Agnes Grey —En cualquier caso, señorita Grey —dijo—, confÃo en que sabrá mantener la calma y tratarlos con paciencia y dulzura, especialmente al pequeño Charles. ¡Es tan nervioso y sensible, y está tan acostumbrado a recibir mimos! Me perdonará que le hable de estas cosas, pero el hecho es que hasta ahora todas las institutrices, incluso las mejores, me han defraudado en este punto. CarecÃan de ese espÃritu manso y tranquilo que, según san Mateo, o algún otro santo, es mejor que cualquier otro adorno en una persona; siendo usted la hija de un pastor, recordará el pasaje al que aludo. Pero estoy segura de que tanto en esto como en lo demás sabrá usted satisfacerme. Y recuerde esto: siempre que uno de mis hijos haga algo muy reprochable y ni la persuasión ni las reconvenciones produzcan ningún efecto en ellos, hágamelo saber, porque yo puedo hablarles con más claridad que usted. Y procure hacerlos lo más felices que sea posible. Estoy segura de que lo hará usted muy bien.
Observé que mientras la señora Murray se preocupaba tanto por la tranquilidad y felicidad de sus hijos, de las que hablaba continuamente, nunca, ni una sola vez, mencionó mis necesidades, aunque ellos estaban en su casa, rodeados de amigos, y yo me encontraba entre extraños. Quizá mi desconocimiento del mundo hiciera que aquello me sorprendiese tanto.