Agnes Grey

Agnes Grey

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Debía repetirle una y otra vez las reglas más elementales de la gramática latina, hasta que le parecía bien declarar que ya se las sabía, para después ayudarle a decirlas en voz alta. Si cometía errores en la más sencilla suma aritmética, debía mostrárselos enseguida y hacer la suma por él, en vez de dejar que ejercitara sus facultades e intentara descubrir el error por sí mismo. De forma que, naturalmente, no se molestaba en absoluto en evitar las equivocaciones, y con frecuencia se limitaba a poner un número detrás de otro, al azar, sin hacer el menor cálculo.

Es verdad que no siempre me atenía a estas reglas, tan en contra de mis principios, pero pocas veces podía correr el riesgo de alejarme mínimamente de ellas sin que esto provocase la cólera de mi joven alumno, y, por lo tanto, la de su mamá, a quien inmediatamente informaba de mis transgresiones, de forma maliciosamente exagerada, o adornada de efectos especiales de su invención. En consecuencia, muchas veces me vi a punto de perder mi empleo o de renunciar a él. Por el bien de mi familia, sin embargo, ahogué mi orgullo, contuve mi indignación y conseguí continuar en la lucha hasta que mi pequeño verdugo fue enviado al colegio, lo que sucedió cuando su padre declaró que la educación doméstica «no le servía de nada», ya que su madre le mimaba en exceso y su institutriz no podía dominarle en absoluto.


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