Agnes Grey

Agnes Grey

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Con frecuencia me ponía del lado de ellos, enfrentándome a la tiranía e injusticia de sus jóvenes amos, con riesgo de salir mal parada; intenté siempre darles el menor trabajo posible, aunque ellos se preocuparan poco por mi bienestar, desatendieran lo que les pedía e hicieran caso omiso de mis instrucciones. Estoy convencida de que no toda la servidumbre obra de esa manera, pero los sirvientes, por lo general gente ignorante y poco acostumbrada a la reflexión, se corrompen fácilmente con el mal ejemplo de quienes están por encima de ellos; y éstos, debo decir, no eran tampoco especialmente sensibles.

En ocasiones me sentía humillada por la vida que llevaba y avergonzada de someterme a tantas indignidades. A veces me consideraba una auténtica tonta por preocuparme tanto de ellos y temía que en realidad me faltara humildad cristiana o esa caridad que «sabe sufrir y ser bondadosa, no busca el propio bienestar, no atiende a las provocaciones, todo lo sufre y todo lo soporta[4]».

Con el tiempo y con el ejercicio de la paciencia, sin embargo, las cosas mejoraron ligeramente, si bien de forma lenta y casi imperceptible. Conseguí librarme de los señoritos (lo cual no era poca cosa), y las niñas, como ya indiqué antes con relación a una de ellas, se volvieron un poco menos insolentes y comenzaron a mostrar algunas señales de aprecio.


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