Agnes Grey

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Y pensé para mí: «y me pareció de alguna forma degradante para su dignidad de clérigo que saliera volando del púlpito con aquella prisa para estrechar la mano del terrateniente, de su esposa y de sus hijas y cerrarles la puerta del coche. Es más, no le perdono que casi me dejara fuera». Porque, aunque estaba delante de sus narices, cerca del estribo y esperando para subir, se empeñó en dejarme de lado y en cerrar la puerta, hasta que alguien de la familia le indicó que faltaba la institutriz. Entonces, sin una palabra de disculpa, se marchó, deseándoles buenos días y dejando que el lacayo se encargara del resto.

Nota bene: El señor Hatfield no me dirigió la palabra, tampoco sir Hugh o lady Meltham, ni el señor Harry o la señorita Meltham, ni el señor Green o sus hermanas; como no lo hizo ninguna dama o caballero de los que frecuentaban aquella iglesia, ni ningún visitante de Horton Lodge.

La señorita Murray pidió de nuevo el coche, por la tarde, para ella y para su hermana, alegando que hacía demasiado frío para estar en el jardín; además, creía que Harry Meltham podía estar en la iglesia.



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