Agnes Grey
Agnes Grey Una clara mañana de la última semana de febrero, caminaba yo por el parque, disfrutando de la soledad, de un libro y del buen tiempo —lo que constituÃa un lujo para m×, pues Matilda habÃa salido a dar su habitual paseo a caballo, y la señorita Murray se habÃa marchado en el coche, con su madre, a hacer algunas visitas, cuando, de repente, me pareció que debÃa abandonar estos egoÃstas placeres y el parque —con su espléndido dosel de cielo azul, el viento del oeste, que soplaba entre las ramas de los árboles, desnudas de hojas, las coronas de nieve todavÃa cubriendo los hoyos, pero derritiéndose rápidamente bajo el sol, y el grácil ciervo que ramoneaba en la húmeda hierba, ya con el frescor y el verde de la primavera…— para ir a la casa de una tal Nancy Brown —una señora viuda, cuyo hijo se pasaba todo el dÃa trabajando en el campo—, aquejada de una inflamación de los ojos, que la habÃa incapacitado para leer, con gran pesar suyo, pues era una mujer de naturaleza seria y reflexiva.