Agnes Grey

Agnes Grey

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De modo que fui a verla. La encontré sola, como de costumbre, en su pequeña y oscura casa, llena de humo y de aire enrarecido, pero tan ordenada y limpia como le era posible mantenerla en sus circunstancias. Estaba sentada junto a un fuego pequeño —que consistía en unas brasas y un trozo de madera— tejiendo afanosamente con un pequeño almohadón de arpillera a sus pies, el cual había sido colocado allí para su simpática amiga, la gata, que, sentada sobre éste con su larga cola formando un medio círculo alrededor de sus garras de terciopelo, miraba con los ojos entornados y soñadores el deformado guardafuegos.

—Y bien, Nancy, ¿cómo está usted hoy?

—Pues solo regular, señorita. Mis ojos no mejoran, pero estoy más tranquila —contestó, levantándose para darme la bienvenida con una amplia sonrisa, que me alegré de ver, pues Nancy había estado sufriendo en los últimos tiempos una especie de melancolía religiosa.

La felicité por el cambio que veía en ella, y me dijo que lo había acogido como una gran bendición y que estaba muy agradecida. Añadiendo:

—Si Dios quiere salvarme la vista y me permite volver a leer la Biblia, seré más feliz que una reina.

—Confío en que así sea, Nancy —dije yo—. Mientras tanto, vendré a leerle de vez en cuando, siempre que tenga un poco de tiempo.


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