Agnes Grey

Agnes Grey

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Mientras dejaba que mis ojos vagaran por los empinados márgenes del camino —cubiertos de hierba nueva, de plantas de intenso color verde y coronados de setos en flor—, buscaba infructuosamente alguna flor familiar que pudiera recordarme los boscosos valles o las verdes colinas de mi hogar; naturalmente, sabiendo que no encontraría nada que pudiese evocar nuestros páramos. El descubrimiento de esa flor me haría estallar en lágrimas de emoción, y buscaba totalmente entregada a mi tarea.

Por fin, entre las raíces retorcidas de un roble, descubrí tres preciosas prímulas. Asomaban de forma tan delicada desde su escondite que, nada más verlas, sentí cómo las lágrimas me inundaban los ojos, pero estaban tan altas que traté inútilmente de alcanzar una o dos de ellas para llevármelas y seguir soñando despierta. Y alcanzarlas era imposible, a menos que trepase por el margen empinado del camino, algo que me disponía a hacer cuando el sonido de unos pasos me detuvo. Me disponía a darme la vuelta cuando, en el tono grave de una voz que me era familiar, escuché:

—Permítame que la ayude, señorita Grey.

Un instante después las flores estaban en mi mano; y, naturalmente, la voz pertenecía al señor Weston. ¿Quién sino él se hubiera tomado aquella molestia por mí?


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