Agnes Grey
Agnes Grey —¡Idiotas! —murmuró al salir, después de haber terminado con sus compras—. ¿Por qué no se les ocurrirÃa salir con el bobo de su hermano? ¡Hasta él servirÃa de algo!
No obstante, las saludó con una alegre sonrisa, y, después de expresar ellas lo felices que se sentÃan por aquel encuentro, les dijo que el inesperado placer era mutuo. Las hermanas se colocaron una a cada lado de Rosalie y las tres se pusieron a caminar, charlando y riendo como hacen las damas, siempre que existe un grado mÃnimo de intimidad. Yo, sintiendo que estaba de más, las dejé con su regocijo y me quedé rezagada, como solÃa hacer en ocasiones como aquélla: no sentÃa el menor deseo de caminar junto a la señorita Green o a la señorita Susan como una sordomuda, que no podÃa hablar y a quien tampoco dirigÃan la palabra.