Agnes Grey
Agnes Grey Después, al observar las huellas de un caballo en la carretera embarrada, se preguntó «si el jinete serÃa un caballero», concluyendo que sÃ, porque las marcas eran demasiado pequeñas para ser las de un «torpe caballo de tiro». Luego se preguntó «quién podÃa ser el jinete», y si era posible que nos lo encontráramos en su camino de vuelta, porque estaba segura de que habÃa pasado por allà aquella misma mañana. Por último, cuando entramos en el pueblo y comprobó que por sus calles solo transitaba alguna gente humilde, se preguntó «por qué aquella gente estúpida no se quedaba en sus casas», no tenÃa ningunas ganas de ver aquellas caras feas y aquellas ropas tan sucias y vulgares, «¡no habÃa ido a Horton para eso!».
Entre todo aquello, debo confesar que también yo me preguntaba algo en secreto: si nos encontrarÃamos o verÃa de lejos a otra persona. Y, en el caso de que pasáramos por el lugar donde se hospedaba, si estarÃa en la ventana.
Al entrar en la tienda, la señorita Murray me pidió que, mientras hacÃa sus compras, me quedara en el umbral de la puerta para informarla si pasaba alguien. Pero, ¡ay!, aparte de los lugareños y de Jane y Susan Green —que bajaban por la única calle del pueblo, seguramente de vuelta de un paseo— no vi a nadie.