Agnes Grey
Agnes Grey Por fin, una hermosa mañana, me pidió que la acompañara a dar un paseo por el pueblo. Oficialmente, iba a comprar unas madejas de lana a una tienda tolerablemente respetable en la que se surtían las damas de la vecindad; no creo pecar de maliciosa al suponer que lo que en realidad deseaba era encontrarse con el rector o con algún otro admirador porque, mientras caminábamos, no paraba de repetir lo que «Hatfield haría o diría si se la encontrase», y cosas por el estilo.
Al pasar por la entrada del parque del señor Green, se preguntó «si estaría o no en casa, ese pedazo de tarugo». Cuando nos cruzamos con el carruaje de lady Meltham, volvió a preguntarse «qué estaría haciendo el señorito Harry en un día tan bueno», y comenzó a criticar a su hermano mayor por ser «tan tonto como para casarse e irse a vivir a Londres».
—¡Vaya! —exclamé—. Pensé que usted también quería vivir en Londres.
—Sí, solo porque aquí todo es tan aburrido… Aún más aburrido desde que se fue. Si no se hubiese casado, podría tenerle a él en vez de a ese odioso de sir Thomas.