Agnes Grey
Agnes Grey Alentada por estos pensamientos, decidí perseverar en mi determinación, aunque el temor a disgustar a mi madre o a herir los sentimientos de mi padre hicieron que no volviera a hablar del asunto en varios días. Finalmente, volví a mencionárselo a mi madre en privado y, con ciertas dificultades, conseguí que me prometiese su ayuda. Más adelante obtuve a regañadientes el consentimiento de mi padre y, así, a pesar de los suspiros de desaprobación de Mary, mi querida y generosa madre comenzó a buscarme una colocación. Escribió a los familiares de mi padre y consultó los anuncios de los periódicos. Hacía mucho tiempo que había roto toda comunicación con los miembros de su propia familia; un intercambio formal de letras ocasionales era todo lo que había mantenido desde su matrimonio, y nunca se hubiera dirigido a ellos en un caso de esta naturaleza. Pero el aislamiento de mis padres del resto del mundo había sido tan largo y absoluto que pasaron muchas semanas antes de que se encontrase una buena colocación. Por fin, y para mi gran alegría, se decidió que me haría cargo de la joven familia de una tal señora Bloomfield, a quien mi amable y estricta tía Grey había conocido en su juventud y la cual, aseguraba, era una mujer muy agradable. Su esposo era un comerciante retirado que había hecho una buena fortuna, aunque nadie pudiera persuadirle de pagar un salario superior a las veinticinco libras a la institutriz de sus hijos. No obstante, yo me sentía contenta de aceptar esto antes que de rechazar la colocación, siendo esta última la inclinación de mis padres.