Agnes Grey
Agnes Grey Aún tuvieron que pasar varias semanas para terminar con todos los preparativos. ¡Qué largas y tediosas me parecieron! Aunque, llenas de sueños y ardientes expectativas, fueron fundamentalmente felices. ¡Con qué especial placer veía cómo me hacían vestidos nuevos y luego los guardaban en mis baúles! Pero con esta última ocupación se mezclaba también cierto sentimiento de amargura, y cuando se acercaba la última noche que pasaría en casa, sentí cómo una repentina angustia me ahogaba. Mi familia tenía un aire tan triste y me hablaba con tanta ternura que apenas podía reprimir las lágrimas, aunque hacía todo lo posible por aparentar alegría. Había ido a dar mi última caminata por los páramos con Mary, mi último paseo por el jardín y alrededor de la casa; habíamos dado de comer juntas a nuestras palomas por última vez, esas preciosas criaturas a las que habíamos enseñado a comer de nuestras manos. Había acariciado cada uno de esos cuerpecitos sedosos que se arremolinaban en mi regazo, despidiéndome de ellos. Había besado con ternura a mis favoritas —la pareja de colipavas, blancas como la nieve—; había tocado mi última melodía en el viejo piano familiar y había cantado mi última canción a mi padre, que, si bien confiaba no fuera la última, me parecía que sería la última en mucho tiempo. Podía ser que, cuando hiciese estas cosas de nuevo, las circunstancias hubieran cambiado, mis sentimientos fueran diferentes y aquella casa no fuese mi hogar estable nunca más.