Agnes Grey
Agnes Grey Sin duda, encontraría cambiado a mi querido amigo, el gatito. Ya se estaba convirtiendo en un hermoso gato y, casi con certeza, cuando regresara a casa por Navidad, para una breve visita, se habría olvidado de su compañera de juegos y de sus alegres travesuras. Había estado jugando con él por última vez y cuando acaricié su suave y brillante pelaje lo hice con un sentimiento de tristeza difícil de ocultar. Luego, a la hora de dormir, cuando me retiré con Mary a nuestro pequeño y tranquilo dormitorio, donde ya no quedaba nada en mis cajones y mi parte de la estantería estaba vacía y donde, de ahí en adelante, ella tendría que dormir sola, en «triste soledad» —fue su expresión—, me hundí más que nunca. Sentí como si hubiera cometido una equivocación y hubiese sido egoísta al persistir en abandonarla; y, cuando me arrodillé una vez más junto a nuestra pequeña cama, recé por ella y por mis padres con mayor fervor que nunca. Para ocultar mi emoción, me cubrí la cara con las manos, que quedaron enseguida bañadas en lágrimas. Al levantarme, me di cuenta de que también ella había estado llorando, pero ninguna de las dos dijo nada y ambas nos dispusimos a dormir en silencio, apretándonos juntas más que otras veces, conscientes de que pronto estaríamos separadas.