Agnes Grey
Agnes Grey Pero la mañana trajo un rebrote de esperanza y buen humor. TenÃa que ponerme en marcha temprano, ya que el vehÃculo que iba a llevarme (una calesa alquilada por el señor Smith, el comerciante en paños, té y comestibles del pueblo) debÃa estar de regreso aquel mismo dÃa. Me levanté, me lavé, me vestÃ, tomé un rápido desayuno, recibà los cariñosos abrazos de mi padre, mi madre y mi hermana, besé al gatito, para gran escándalo de Sally, la criada, nos estrechamos la mano, me monté en la calesa, levanté el velo que me cubrÃa la cara y entonces, y solo entonces, estallé en lágrimas.
La calesa se puso en marcha. Miré hacia atrás: mi querida madre y mi hermana estaban en pie junto a la puerta, siguiéndome con la mirada y dándome su adiós con las manos. Les devolvà el saludo y rogué a Dios por ellas con todo mi corazón. Al descender la colina, las perdà de vista.
—Qué mañana tan frÃa, señorita Agnes —comentó Smith—. Y oscura también. ConfÃo en llegar a nuestro destino antes de que empiece a llover demasiado.
—SÃ, yo también —repliqué con toda la calma de la que fui capaz.
—Anoche cayó una buena.
—SÃ.
—Puede que este viento tan frÃo mantenga alejada la lluvia.
—SÃ, quizá.