Agnes Grey
Agnes Grey —¡SabÃa que podÃa hacerlo!
—Hacer ¿qué? —pregunté.
—Conquistarlo.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que ahora se irá a su casa y se pondrá a soñar conmigo. ¡Lo he flechado!
—¿Y cómo lo sabe?
—Tengo muchas pruebas infalibles, aunque la más definitiva quizá sea la mirada que me lanzó al despedirse. No fue una mirada descarada…, no, no puedo decir que lo fuera… Fue una tierna mirada de adoración reverencial. ¡Ja, ja, ja! ¡No es tan tonto como le creÃa!
No le contesté porque tenÃa un nudo en la garganta y no podÃa ni hablar. «¡Oh, Dios mÃo, evÃtalo! —grité en mi interior—. ¡No por mÃ, sino por él!».
La señorita Murray hizo algunos comentarios triviales mientras cruzábamos el parque, a los cuales (a pesar de mis esfuerzos por no dejar traslucir mis sentimientos) no pude responder sino con monosÃlabos.
No sabrÃa decir si su intención era atormentarme o, simplemente, divertirse un poco —tampoco me importaba—, pero pensé en el hombre pobre que tenÃa un solo cordero y en el hombre rico que tenÃa mil rebaños[9], y algo, no sé exactamente qué, me hizo tener miedo por él, al margen de mis propias esperanzas malogradas.