Agnes Grey
Agnes Grey «Es nuestro deber adorar a Dios en sus obras…» y yo no conocía ninguna en la que su espíritu y tantos de sus atributos brillaran como lo hacían en aquel su fiel servidor, a quien solo alguien con una absoluta falta de sensibilidad podía conocer y no apreciar, ¡y yo tenía tan pocas cosas en las que ocupar mi corazón!
Casi nada más terminar el servicio, la señorita Murray salió de la iglesia. Tuvimos que quedarnos en el atrio porque llovía y el coche no había llegado todavía. Me preguntaba por qué había salido tan deprisa, pues ni el joven Meltham ni el señor Green estaban allí; pronto descubrí que lo que perseguía era hablar con el señor Weston cuando éste abandonara la iglesia, lo que sucedió enseguida.
El señor Weston salió de la iglesia y, después de saludarnos, quiso pasar de largo, pero ella le retuvo, primero con algunos comentarios sobre el mal tiempo y luego preguntándole si sería tan amable de ir al día siguiente a visitar a la nieta de la guardesa, que estaba enferma con fiebre y deseaba verle. Él prometió que lo haría.
—¿Y a qué hora irá, aproximadamente, señor Weston? A la anciana le gustaría saberlo… ya sabe usted que esta gente se preocupa mucho de tener sus casas en orden cuando reciben visitas de personas distinguidas.