Agnes Grey

Agnes Grey

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—¡Vaya confesión tan extraña, viniendo de su institutriz! ¿Quién tiene que formar los gustos de una señorita si no lo hace su propia institutriz? He conocido institutrices que se han identificado de tal forma con la reputación de sus pupilas, en lo que se refiere a su elegancia y a sus modales, que se habrían sonrojado antes de pronunciar una palabra en contra de ellas; y para quienes escuchar el menor reproche dirigido a sus pupilas era peor que una crítica a su propia persona… y esto es algo que me parece muy natural.

—¿Lo cree así, señora?

—Naturalmente. Las cualidades y la elegancia de una discípula tienen mayores consecuencias para su institutriz que para ella misma. Si desea progresar en su profesión, deberá volcar todas sus energías en esa tarea, todas sus ideas y toda su ambición deberán encaminarse a cumplir con ese objetivo. Cuando queremos decidir sobre los méritos de una institutriz, observamos, como es natural, a las señoritas que ha educado, y juzgamos de acuerdo a lo que vemos. Esto lo sabe cualquier institutriz juiciosa; sabe que, mientras ella vive en la oscuridad, las virtudes y defectos de sus alumnas aparecen a la vista de todos, y que, a no ser que se olvide de sí misma, no podrá confiar en el éxito de su tarea.


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