Agnes Grey

Agnes Grey

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En medio de todo aquello, es evidente que tampoco yo escapaba de muchas reprimendas y velados reproches que no por no ser expresados abiertamente dejaban de ser mordaces, y, por el contrario, me herían con más intensidad, puesto que, por este mismo motivo, me impedían defenderme. A menudo, me pedían que entretuviese a la señorita Matilda con otras cosas, y que le recordara los preceptos y prohibiciones de su madre. Yo intentaba cumplir con mis obligaciones lo mejor posible, pero Matilda no podía divertirse en contra de su voluntad ni de sus gustos, y aunque yo no me limitara a recordarle lo que tenía que hacer, y la reconviniera con suavidad, mis esfuerzos resultaban completamente inútiles.

—Querida señorita Grey, ¡me resulta tan difícil de entender…! Supongo que no puede usted evitarlo, si no está en su naturaleza… pero, de verdad, no entiendo cómo no puede usted ganarse la confianza de esa niña y hacer que su compañía le resulte al menos tan agradable como la de Robert o la de Joseph.

—Es que ellos hablan de cosas que a ella le interesan más —repliqué.




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